jueves, 15 de marzo de 2012

Prologo de Marzo 2012

Hace un par de años, cuando aún éramos novios, mi esposa me regaló la colección de relatos de Edgar Allan Poe (version al español realizada por Julio Cortázar); un regalo muy especial considerando mi admiración por Cortázar, el que dicha traducción se considera la mejor que se ha hecho al español de dichos relatos y que fué Poe quien me inspiró a escribir hace tantos años. En el prólogo se indica que Poe escribia sus cuentos pensando en que algún día los recopilaría para formar libros; eso, y la influencia de los albunes conceptuales del rock progresivo, me motivaron a clasificar mis propios relatos de acuerdo a su tematica para conformar libros.
Rompo el silencio de tantos meses presentando estos dos relatos que espero incluir en una recopilación titulada "Serie Negra" que evolucionaria de lo surealista a lo magico-realista para luego adentrarse en lo sobrenatural; en estos relatos vuelvo a mi primer amor literario al estar tan influidos por el género policíaco y el clima de violencia de nuestra sociedad. Espero despierten su interes.

Para la buena suerte

Siete y media de la mañana en la pequeña plaza que se extiende frente al edificio del Ministerio de Finanzas Publicas y el sol que se eleva detrás de los ventanales mientras que el viento matutino choca contra las paredes de aquella alta construcción formando corrientes de convección que hacen bailar la basura esparcida por la ínfima plaza. La ciudad empieza a despertar. Siete y media de la mañana en la pequeña plaza frente al edificio del Ministerio de Finanzas Públicas y un diminuto lustrador de zapatos camina por el final de la octava avenida para penetrar en la penumbra que proyecta sobre el asfalto el alto edificio.
Aun es temprano pero ya hay una buena cantidad de personas haciendo cola para realizar una gran variedad de trámites y, con la ayuda de Dios, no faltara trabajo. Como siempre llegará quien se dirija con prisa a realizar alguna gestión y quiera aprovechar para tener los zapatos debidamente lustrados, esos tramitadores que sobre sendas mesas de madera montan una vieja maquina de escribir y que un par de veces por semana prestan a sus zapatos el debido mantenimiento o alguien que simplemente quiera ver sus zapatos negros tan brillantes como si fueran nuevos para olvidar que este mes no podra reemplazarlos por otros. Entonces, después que sus manos queden totalmente manchadas por la labor, podrá retirarse para poner los ingresos del trabajo sobre la mesa del hogar paterno.
Sopla una ráfaga de viento y una serie de papelitos juega entre los viejos tenis con que protege sus pies, trata de luchar contra el ligero escalofrío que el viento le causa subiéndose el cuello de la camisa hasta las orejas y apretando sobre su pecho la chumpa con que se cubre; de su mano derecha cuelga la caja de madera donde guarda los enseres del oficio.
Casi las ocho cuando se aposta en la cornisa formada por el límite entre el primer piso y el sótano del edificio; saca una tiras de tela hechas con jirones de viejos pantalones y camisas, coloca a un lado un par de ejemplares de los diarios comprados esa mañana para que los clientes se entretengan leyendo (un servicio prestado sin cargo adicional) y coloca sobre aquello dos o tres piedrecillas para que el viento no lo vuele todo por allí. Entonces, sentado sobre la pequeña cornisa, se entretiene en balancear sus piernas mientras mira a los paseantes que se empiezan a formar en la plaza en espera de que el Ministerio abra sus puertas a las nueve de la mañana.
Un hombre alto y fornido, vestido de con traje color gris oxford de fino corte, camisa de impecable blanco y perfectamente planchada, corbata roja con delgadas líneas transversales, atraviesa la calle con dirección al puesto del pequeño lustrador dejando atrás la Torre de Tribunales que se haya sobre la plataforma en la acera de enfrente.
-¿Cuanto por el lustre, patojo?
-Lo mismo de siempre, patrón: dos quetzales.
Una sonrisa corresponde a la mazorca blanca que el niño muestra en medio de sus labios mientras termina de hablar.
-Hechále, pues. Pero que queden bien lustrados.
De un brinco el diminuto lustrador baja de la cornisa y la ofrece a su cliente como asiento, luego se sienta en un pequeño banco de madera mientras el hombre de traje coloca el pie derecho sobre la caja de lustre. Primero una buena cepillada y una pasada de brocha con tinte negro antes de empezar a untar el betún sobre el zapato en tanto que corpulento hombre empieza a hojear el periódico.
Mientras unta el betún por la punta del zapato, el niño recuerda las incontables veces en que ha tenido la misma conversación con aquel caballero. No sabe mucho de esas cosas, pero se ve que son buenos los trajes de aquel señor... de seguro ha de ser abogado pues siempre viene de la torre de tribunales y también hacía ella parte cuando le ha dado lustre a sus zapatos. Es un cliente regular y vaya que en este oficio es difícil encontrar clientes así.
Un golpecito por debajo del zapato indica que es hora de cambiar de pie. Se repite el proceso de cepillar un poco, pasar la brocha con tinta y luego empezar a embadurnar el zapato.
Se ve que este señor tiene su buen dinero, le ha de ir muy bien con su chance. Ojalá él pudiera soñar con llegar algún día a una posición así; sin embargo aquí esta, a sus nueve años, trabajando como lustrador de zapatos para ayudar con algo de dinero en la casa cuando debería de estar estudiando. Aunque no era un “cerebrito” tampoco le iba mal en los estudios, pero después de terminar tercero primaria tuvo que dejar de estudiar para empezar a ganarse unos centavos; ya sabía leer y escribir, hacer cuentas, y eso parecía ser bastante por el momento.
Otro golpecito debajo del pie indica que es momento de cambiar y terminar el proceso con el otro zapato. Hora de darle la última cepillada, sacarle lustre con los jirones de tela que lleva para el efecto y pasar la brocha con tinta por el borde de la suela.
Ese soñar con futuras grandezas no termina por la tarde cuando, con las manos percudidas por el betún y la tinta, regresa a su humilde hogar para presentar sobre la mesa los quetzales ganados durante la jornada. Los sueños continúan por la noche, cuando entre sábanas imagina que después podrá trabajar de otra cosa (cualquier cosa que le deje tiempo para estudiar) y poder sacar una carrera donde pueda ganar mejor. Tal vez no llegue a la posición de aquel caballero tan bien trajeado, pero puede, al menos, mejorar de su situación actual.
Un zapato bien lustrado, brillante, y otro golpecito para culminar la tarea con el zapato faltante.
-Ya estamos, patrón.
-Bueno, patojo. Que bien lustrados me los dejaste.
Entonces mete la mano entre el saco y extrae una billetera, busca entre el contenido de esta y al final extrae un billete de veinte quetzales que entrega al diminuto lustrador de zapatos.
-Sólo que ahorita no tengo vuelto, patrón. Apenas acabo de empezar con la chamba.
-No te preocupés, quedáte con el vuelto.
Una mueca de extraña incertidumbre mezclada con cierta desconfianza se reflejo en el rostro del niño.
-La verdad, patrón, no es la primera vez que hace eso de dejarme el vuelto... y la verdad, a mi me da pena.
-Vos no te preocupés, son babosadas mías. Hoy tengo un asunto importante que tratar y tengo la impresión que darte esa “propina”, por así decirlo, me trae buena suerte; ya me ha pasado antes. Así que quedáte con el vuelto.
-Bueno, patrón. Gracias.
-De nada, patojo. Gracias a vos por el lustre.
Así que, guardando la billetera entre el saco se puso de pie aquel caballero de anchas espaldas y bien cortado traje color gris oxford. Mientras tanto el niño guarda el billete entre sus bolsillos con una sonrisa dibujada en su rostro de color moreno percudido. "Lo de diez lustres de una sola pasada", piensa para sus adentros.
A sus espaldas, el pequeño lustrador escucha una voz y voltea a ver por pura curiosidad.
-¡Licenciado Gutierrez...!
Desde donde esta, sentado en banco de madera, puedo ver como dos hombres se acercaban a aquel inmenso corpachón con traje color gris oxford y, desenfundando cada uno un arma, arremetían contra él. Los disparos retumban dentro de la pequeña plaza mientras el cuerpo del abogado cae sobre el pavimento; luego, sin esperar tan siquiera un segundo, los atacantes corren para treparse en una motocicleta que los espera en la esquina y se dan a la fuga cruzando sobre la novena avenida.
Ocho y cuarto de la mañana en la pequeña plaza que se extiende frente al edificio del Ministerio de Finanzas Publicas y el viento matutino choca contra las paredes de aquella alta construcción formando corrientes de convección que hacen bailar la basura esparcida por allí mientras el diminuto lustrador de zapatos corre pidiendo auxilio a la vez que se acerca al cuerpo tirado sobre el pavimento cuya vida se extingue de la misma forma en que los sueños se esfuman y las fantasías se derrumban. Un último suspiro y una buena propina para la buena suerte.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Prólogo de septiembre

No se si algún día llegare a tener una legión de lectores que tengan alta estima por mis escritos; si eso no llegara a suceder, se que al menos cuento con dos fieles admiradoras. La primera es mi madre, Reyna de Leal, quien es tambien mi principal influencia no literaria por haberme apoyado siempre y haberme entretenido con con sus relatos; la segunda es mi preciosa, Naikee, el amor de mi vida y la única persona que ha entendido a plenitud mis relatos por leer con el corazón aquello que escribo con la cabeza.
En otra ocasión compartiré alguno de los escritos que debo a mi madre; pero este mes quiero compartir algo que es especial para mi como un regalo para mi preciosa: les comparto los primeros escritos que compongo basados en ideas cuya inspiración debo a Naikee. Espero sean de su agrado.

Cementerio

Nunca había visto a tantos muertos juntos en una misma habitación; nunca imagine que al entrar en aquella casa fuera a encontrar tanta mirada sin vida perdiéndose en el vacío.
Por un momento pensé si acaso no habrías perdido la razón y te dedicaras al extraño hobbie de coleccionar cadáveres. Entonces vi que aquellos muertos no eran cuerpos inertes, que podían caminar y andar por la calle como si estuvieran vivos… pero estaban muertos, yo lo sé; yo sé que aquellas personas en tu casa estaban muertas, me lo decían su mirada y su errático andar por este mundo, me le decía esa sensación a muerte y cementerio, esa aprehensiva desesperanza que los embargaba. Estaban muertos, sólo que ellos no lo sabían… no se daban cuenta de las bendiciones que les rodeaban, solo se aferraban a sus llantos, sus quejidos y sus lamentos.
Y en medio de todo aquella pena y tristeza, en medio de todos aquellos occisos pletoricos de tristeza, estabas tú... como una flor puesta sobre una tumba, apenas con vida. Allí estabas tú, resistiéndote a ser arrastrada hacia la fosa, llenando el espacio con un hálito de vida que apenas se sostenía. Allí estabas tú, rosa preciosa, atreviéndote a ser feliz en medio de aquel panteón... y yo te ame por ello.

Bessy

Estaba lloviendo cuando llegue al hotel. Esperaba que hiciera frío, pero no tanto como esta haciendo esta noche. Un gélida y fina lluvia cae sobre la ciudad, salpica los vidrios del amplio ventanal que se extiende de pared a pared en el lado occidental de mi habitación. Lo bueno es que Bessy ya esta aquí, tendida sobre la cama; supongo que algo de su calor me ayudará a sobrellevar el frío de esta noche.
Que me haya tocado viajar con tanta frecuencia a estas australes latitudes no es algo que sea totalmente de mi agrado. Mucho menos es del agrado de mi esposa, pero son cuestiones del trabajo y no queda otra opción; ella entiende eso y en algo le ayuda a sobrellevar las noches en que el trabajo me aleja de su compañía. Hay obligaciones que cumplir y a la larga te acostumbras, aunque no termine de gustarte; solo es que el sentimiento de desplazamiento y desarraigo no se borra por más que ya tengas lugares comunes y personas con quienes salir o charlar. Lo bueno es que Bessy siempre esta allí para mi cuando salgo de viaje, siempre fiel para que yo no sienta la extrañes de una cama solitaria.
Coloco mi compacta maleta sobre los pies de la cama y le lanzo una mirada indiscreta mientras ella yace con coqueta desfachatez sobre las almohadas.
- Bueno, al menos tu ya estas instalada. Le digo. – Ahora deja que saque mis cosas y me instale yo.
Busco en mi billetera la llave que abre el candado de mi equipaje y me preparo para desempacar. Menos mal que había empacado ajustado y nada se ha movido de su lugar. Saco primero las dos chaquetas y me dirijo al pequeño closet de la habitación donde utilizo un par de perchas para colgarlos adecuadamente. Luego extraigo mis implementos de limpieza personal y los traslado al cuarto de baño; allí los coloco sobre la larga loza donde descansa el lavamanos y compruebo que hay suficientes toallas limpias como para todos los días de mi estancia. Regreso para trasladar las camisas y pantalones hacia el pequeño closet, teniendo cuidado de dejar a mano aquellas prendas que utilizare al día siguiente. Luego coloco los zapatos en el suelo del closet e introduzco en la cajilla de seguridad todo aquello que no me sera necesario en los días que estaré por aquí pero que sera de gran valor cuando regrese (boletos de avión, identificación, dinero).
Una vez acomodadas mis cosas me descalzo para descansar los pies… se siente tan bien estirar las piernas después de pasar tantas horas sentado en el avión. Volteo a ver a Bessy y su mirada parece reírse de a la vez que me invita a ir a la cama. Creo que es justo ir a acostarme junto a ella… pero antes debo hacer algo. El reloj digital al lado de la cama indica las once de la noche, hora local; justo la hora a la que dije que me conectaría.
Saco de mi equipaje de mano la computadora portátil, herramienta imprescindible de trabajo cuando toca viajar, y me acomodo en el mueble frente a la cama que sirve tanto como modular para la televisión como de escritorio. Enciendo la computadora y esta tarda unos minutos en conectarse al Internet inalámbrico del hotel; conecto a la misma el Headset para hablar telefónicamente vía Internet y busco el usuario de mi esposa. El programa empieza a marcar y no tardo en distinguir su voz que me saluda desde el otro lado del ciberespacio.
- Hola, mi amor. ¿Llegaste bien?
- Gracias a Dios sin novedad y en tiempo, mi amor. ¿Como están los nenes?
- Ahora están durmiendo. Se han portado bien y ya te echan de menos.
- Les mandas un beso de mi parte y les dices que los quiero mucho.
- Yo también te extraño, sabes que no me gusta que me dejes sola tanto tiempo… pero ni modo, tienes que trabajar.
- Yo también te extraño, mi amor. Pero solo serán un par de días y pronto ya no tendré que viajar tan seguido.
- Yo se, mi amor... eso me consuela. ¿Ya te vas a acostar?
- Ya, mi amor… estoy cansado del viaje. Te mando un beso fuerte y espero que pases una buena noche. Por mi no te preocupes... Bessy esta aqui.
- Hay la abrazas duro, como si me estuvieras abrazando a mi. Te cuidas y hay trabajas duro mañana. Voy a estar esperando que te conectes de nuevo cuando salgas de la oficina.
Una vez cerrados los programas, cortada la conexión y apagada la computadora, me doy vuelta y veo a la coqueta Bessy tendida sobre la cama. Antes de darme cuenta me encuentro nuevamente hablándole a la vaquita de peluche que mi esposa ha guardado consigo desde que fuera niña y que envía conmigo cada vez que salgo de viaje… solamente para que tenga algo de ella conmigo.
- Bueno, Bessy, vamos a dormir. Tu has estado con ella durante mucho tiempo y durante todo ese tiempo la has cuidado. Ahora cuídame a mi para que pronto este de vuelta en sus brazos… porque no importa donde, no importa como, volver a sus brazos es volver a mi hogar.

miércoles, 29 de julio de 2009

Prologo de julio

Hace un mes fue mi cumpleaños numero 28. Es la edad a la que murio Kurt Cobain, Jim Morrison y, si no estoy mal, Alejandro Magno; todos ellos vivieron rapido y murieron jovenes, pero dejaron un gran legado... imagino que como ellos deben de haber muchos más.
Viendo hacia atras veo que que si bien he tenido pequeños logros a nivel personal no he hecho nada que tenga un impacto significativo para la sociedad. ¿Significa esto que he desperdiciado mis 28 años de vida en este planeta? Talvez sea que, sencillamente, mi labor va a tomarme mucho más tiempo; ya lo decia un amigo mio, esto de ser escritor es profesión de viejos... espero en Dios que asi sea. El tiempo y la historia nos diran, aunque ya no estemos fisicamente para verlo, si hemos triunfado o fracasado en el intento.
Mientras tanto no queda sino esperar, pero la espera debe ser activa y no de brazos cruzados, como suele decir Eduardo Salazar (mi compañero de Comunidad Solidaridad). Respecto de la espera, este mes comparto un poema de despecho y dos relatos que espero sean de su agrado.

Te esperé

Hoy, todo el día te esperé.
Te esperé en las mismas calles
que juntos soliamos recorrer,
te espere en atrios, en portales,
en los centros comerciales,
y la gente parecía ignorar
el dolor de mi tonto caminar.

Mañana, tarde y noche te esperé;
te esperé en tantos restaurantes
junto a tantas tazas de café,
te esperé entre sueños y recuerdos,
harto de verte en cada rostro
y cansado de clamar tu nombre.

Te esperé durante mucho tiempo,
más allá del límite de la paciencia,
más allá del límite de mi ser...
Pero ya no habré de hacerlo más.

Ahora ya no te espero, ya no más,
ya no me importa lo que hagas;
ven por mí, si así lo quieres,
ven a buscarme al lugar de siempre
si algún día quieres volverme a ver.